
Cuando las cosas parecen ponerse mal, la vida nos muestra que pueden ponerse peor. El músico Lil Wayne ha sido condenado a pasar el resto de su condena en aislamiento solitario porque se le encontró un reproductor de MP3 en su celda. Hay lugares del alma humana que son en verdad crueles; infiernos establecidos desde la entelequia del Estado trabajados con paciencia y esmero por seres jugando a dioses.
¿Qué puede pasar por la mente del sistema judicial de un país para condenar a alguien por sentir la urgencia de escuchar música? ¿Qué lleva a un hombre a arriesgar aún más su libertad con el fin de seguir escuchando música? ¿Cuál es la fuente de esa humana necesidad de sentir y maravillarse con un beat y una melodía evocadora? ¿Por qué el hombre hace música? ¿Por qué, si Dios existe, la música es uno de los grandes puentes hacia lo divino?
No me gusta el hip hop, pero definitivamente Lil Wayne entra en mi lista de íconos personales. Como decía Cee Loo: my heroes had the heart to lose their lives out on a limb, and all I remember is thinking I wanna be like them. Hay que ser un loco o un santo para enamorarse tanto de la música como para que valga la pena pasar un mes recluido en solitario, veintitrés horas al día, con solo una disponible para visitas y/o ducharse, sin derecho a relacionarse con nadie, comiendo en la soledad de una celda, sin un jodido y salvador reproductor de MP3. ¿Cómo es posible imaginar que todo el montaje intelectual que hay tras un sistema judicial encuentre su justificación castigando a alguien por algo tan dolorosamente hermoso como la música, por la humana necesidad de sentirla?
Nadie, nunca, en ninguna dimensión geográfica, en las peores de las circunstancias, en las más áridas realidades, debería estar forzado a vivir sin música. Así sea hip hop.
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